La piedra está fría, gris e inmóvil. Su superficie es áspera y su interior impenetrable. Está ahí, no expresa nada y se queda con total indiferencia. Nadie la mira tampoco, porque es sólo una piedra. No cumple ninguna función, ni siquiera es estética.
La piedra no es piedra porque sí. El hecho irónico, al que nadie presta atención, es que la piedra antes era magma. Un magma incandescente, caluroso y fogoso. No era inmóvil, sino que se escurría y abrazaba con su calor a lo que aparecía en su camino. Nadie evitaba mirarlo. Quemaba y derretía todo, llevándolo a su interior.
Hasta que un día se llevó consigo algo que lo cambió para siempre. Y el magma se hizo piedra. Entonces olvidó que alguna vez podía dar calor.